Bahía Blanca, domingo 28 de mayo de 2006. Diario La Nueva Provincia
Este emotivo relato sobre la vida doméstica de dos pequeños gorriones fue extraído de La cabeza de Goliath, una edición que hizo en 1940 el Club del Libro.
Los gorriones fueron los pájaros más queridos por don Ezequiel y su esposa Agustina.
Convivían libremente en su casa y dormían en un jaulón siempre abierto. Durante sus vuelos por las habitaciones, se detenían en el hombro o la cabeza de cualquiera de ellos. y a pesar de su pequeñez tenían algo de humano.
Cuando el autor de Radiografía de la pampa y su esposa se establecieron en Bahía Blanca, una pareja de gorriones los acompañó hasta los últimos dias de sus vidas. La dócil gorriona había heredado el nombre de Pelusita, y el gorrión ostentaba el mísmo carácter de Barbín, que Martínez Estrada define en esta evocación.
“carecen de toda aptitud de seducción, los pobres; no son sumisos ni procuran congraciarse con sus benefactores; no saben cantar sino alborotar, a semejanza de ciertas criaturas de mal oído; no tienen plumaje vistoso sino el gastado poncho del pobre. No hay picardía ornítolágica que no sepan; roban hasta lo que se les da en la mano; miran constantemente a su alrededor, arriba y abajo con la inquietud del que tiene un miedo heredado, y se picotean entre ellos con saña. Siglos y siglos han vivido allí donde el hombre alzó su casa; temen la soledad de los campos y en los aleros forman su nido, casi siempre al alcance de la mano de los chicos, que cumplen con la ley como es debido.
Por eso nosotros cuando viajamos metemos en las jaulas a los gorriones, que habitualmente andan sueltos por la casa y han hecho del encierro un retiro naturaL cuando al caer la tarde buscan ese refugio y entran en él por propia voluntad; y cubrimos las jaulas con papeles para que no los vean. Debajo del papel pueden ser canarios o cardenales; reyes del bosque o tejedores. Así viajan de contrabando los pobrecitos, substraidos al cumplimiento del deber que pudiera exigir en las estaciones el secuestro.
Una pareja tuvimos -Barbín y Pelusa- distintos de todos los demás. Cada uno de ellos tenía su personalidad bien acusada. Barbín, vino a casa cuando tenía dos meses y trajo ya su carácter formado, un poco desconfiado y altanero. El trato afectuoso y las costumbres del nuevo ambiente lo redujeron a la mimosa y áspera afectuosidad caracteristica de esos pájaros, aunque era visible cierta tendencia al aislamiento, como si se tratara de un soñador, o que añorara a ratos los árboles del Tigre, en donde nació. Pelusa fue criada desde los primeros días, cuando sus ojos eran dos puntitos brillantes y las plumas una coloración obscura bajo la fina piel. Abrió sus ojos, pues, en manos humanitarias, en el calor del amor, y su vida se inició sin conocer otro an1biente ni seres que esos para siempre incomprensibles, que somos. Barbín y Pelusa eran los más bondadosos de la tribu. Llegaron a forinar pareja y anidar en un estante de la cocina, reservado para ellos. Una caja de cartón les servia de alcoba. Allí llevaron cantidad de materiales de construcción, hurtados de donde los encontraban: papeles, plumas, hilachas de cáñamo y hebras de algodón, muchos de los cuales poníamos a su alcance para que los robaran. Todo les sirvió para el nido. Un día -hace algunos años- ocurrió un accidente imputable a la costumbre de volar y caminar sin temor al peligro, ajenos a la noción siquiera aproximada de las cosas que formaban su mundo. Uno, la víctima de esa domesticación, fue brutalmente pisado. Un grito que llenó la cocina dio la certidumbre inequívoca de la tragedia en todos sus detalles. Ya el animalito herido y su compañero estaban en el estante. Barbín se habia parado sobre la caja de cartón, dando saltos y pisando fuerte y desesperadamente.
-¡Barbín!
No era Barbín el herido. En un rincón estaba Pelusita, agonizante, con los intestinos fuera del cuerpo. ¿Qué instinto o comprensión cabal de su muerte y de lo que es el nido la detuvo sin entrar? Todos los pájaros hacen lo mismo: cuidan su postura más que su vida hasta donde es sensato, y se diria que el pájaro es sólo el accesorio del nido.
Murió, como otros muchos, en las manos, donde ellos dejan su decreciente caJor que jamás se olvida, con un estertor minúsculo y delicado.
Barbín saltó y gritq porque Pelusa no entraba aJ nido, como hizo otras veces cuando ella se demoraba por ahí. ¿Habria comprendido que ahora era la muerte? Enseguida Barbín revoloteó azorado y a poco entró al nido, echándose sobre los huevecitos, y así estuvo el día entero. Al siguiente hizo lo mismo durante una hora. Después salió y se olvidó de todo. Sin embargo, ese fue "su" nido y lo defendió a picotazos cuando algún intruso se aproximaba con intención de posesionarse de él. Inútilmente tratamos de aparejarlo de nuevo, buscándole otras gorrionas no menos lindas y vivaces que Pelusita, aunque no tan inteligentes y cariñosas. A todas las rechazó sin ninguna clase de consideraciones, dueño y señor absoluto de su rincón y de su viudez. Al cabo de tres años de esa vida solitaria y huraña con sus semejantes y sólo cariñoso con nosotros -sin rencor-, ya viejo, se escapó.
Pelusa reposa junto a sus hermanos, en el pequeño cementerio que tienen: Chango, una calandria de Jujuy; Plumerito, un canario de flequillo gris, el más fino de modales y el más suave de voz; Pirucha, una paloma chiquita como una perdiz de diez días; Dominguito, un rey del bosque; Cara-de-vino, un tejedor que se ahogó en el bebedero como si se hubiera suicidado; Belkiss, una urraca real, que vivió con nosotros poco tiempo. Junto a ellos está Pelusita; con ellos y con ese poquito de nosotros que también enterramos alli.