Mi?rcoles, 27 de diciembre de 2006
Bah?a Blanca, domingo 28 de mayo de 2006. Diario La Nueva Provincia

Este emotivo relato sobre la vida dom?stica de dos peque?os gorriones fue extra?do de La cabeza de Goliath, una edici?n que hizo en 1940 el Club del Libro.
Los gorriones fueron los p?jaros m?s queridos por don Ezequiel y su esposa Agustina.
Conviv?an libremente en su casa y dorm?an en un jaul?n siempre abierto. Durante sus vuelos por las habitaciones, se deten?an en el hombro o la cabeza de cualquiera de ellos. y a pesar de su peque?ez ten?an algo de humano.
Cuando el autor de Radiograf?a de la pampa y su esposa se establecieron en Bah?a Blanca, una pareja de gorriones los acompa?? hasta los ?ltimos dias de sus vidas. La d?cil gorriona hab?a heredado el nombre de Pelusita, y el gorri?n ostentaba el m?smo car?cter de Barb?n, que Mart?nez Estrada define en esta evocaci?n.
?carecen de toda aptitud de seducci?n, los pobres; no son sumisos ni procuran congraciarse con sus benefactores; no saben cantar sino alborotar, a semejanza de ciertas criaturas de mal o?do; no tienen plumaje vistoso sino el gastado poncho del pobre. No hay picard?a orn?tol?gica que no sepan; roban hasta lo que se les da en la mano; miran constantemente a su alrededor, arriba y abajo con la inquietud del que tiene un miedo heredado, y se picotean entre ellos con sa?a. Siglos y siglos han vivido all? donde el hombre alz? su casa; temen la soledad de los campos y en los aleros forman su nido, casi siempre al alcance de la mano de los chicos, que cumplen con la ley como es debido.
Por eso nosotros cuando viajamos metemos en las jaulas a los gorriones, que habitualmente andan sueltos por la casa y han hecho del encierro un retiro naturaL cuando al caer la tarde buscan ese refugio y entran en ?l por propia voluntad; y cubrimos las jaulas con papeles para que no los vean. Debajo del papel pueden ser canarios o cardenales; reyes del bosque o tejedores. As? viajan de contrabando los pobrecitos, substraidos al cumplimiento del deber que pudiera exigir en las estaciones el secuestro.
Una pareja tuvimos -Barb?n y Pelusa- distintos de todos los dem?s. Cada uno de ellos ten?a su personalidad bien acusada. Barb?n, vino a casa cuando ten?a dos meses y trajo ya su car?cter formado, un poco desconfiado y altanero. El trato afectuoso y las costumbres del nuevo ambiente lo redujeron a la mimosa y ?spera afectuosidad caracteristica de esos p?jaros, aunque era visible cierta tendencia al aislamiento, como si se tratara de un so?ador, o que a?orara a ratos los ?rboles del Tigre, en donde naci?. Pelusa fue criada desde los primeros d?as, cuando sus ojos eran dos puntitos brillantes y las plumas una coloraci?n obscura bajo la fina piel. Abri? sus ojos, pues, en manos humanitarias, en el calor del amor, y su vida se inici? sin conocer otro an1biente ni seres que esos para siempre incomprensibles, que somos. Barb?n y Pelusa eran los m?s bondadosos de la tribu. Llegaron a forinar pareja y anidar en un estante de la cocina, reservado para ellos. Una caja de cart?n les servia de alcoba. All? llevaron cantidad de materiales de construcci?n, hurtados de donde los encontraban: papeles, plumas, hilachas de c??amo y hebras de algod?n, muchos de los cuales pon?amos a su alcance para que los robaran. Todo les sirvi? para el nido. Un d?a -hace algunos a?os- ocurri? un accidente imputable a la costumbre de volar y caminar sin temor al peligro, ajenos a la noci?n siquiera aproximada de las cosas que formaban su mundo. Uno, la v?ctima de esa domesticaci?n, fue brutalmente pisado. Un grito que llen? la cocina dio la certidumbre inequ?voca de la tragedia en todos sus detalles. Ya el animalito herido y su compa?ero estaban en el estante. Barb?n se habia parado sobre la caja de cart?n, dando saltos y pisando fuerte y desesperadamente.
-?Barb?n!
No era Barb?n el herido. En un rinc?n estaba Pelusita, agonizante, con los intestinos fuera del cuerpo. ?Qu? instinto o comprensi?n cabal de su muerte y de lo que es el nido la detuvo sin entrar? Todos los p?jaros hacen lo mismo: cuidan su postura m?s que su vida hasta donde es sensato, y se diria que el p?jaro es s?lo el accesorio del nido.
Muri?, como otros muchos, en las manos, donde ellos dejan su decreciente caJor que jam?s se olvida, con un estertor min?sculo y delicado.
Barb?n salt? y gritq porque Pelusa no entraba aJ nido, como hizo otras veces cuando ella se demoraba por ah?. ?Habria comprendido que ahora era la muerte? Enseguida Barb?n revolote? azorado y a poco entr? al nido, ech?ndose sobre los huevecitos, y as? estuvo el d?a entero. Al siguiente hizo lo mismo durante una hora. Despu?s sali? y se olvid? de todo. Sin embargo, ese fue "su" nido y lo defendi? a picotazos cuando alg?n intruso se aproximaba con intenci?n de posesionarse de ?l. In?tilmente tratamos de aparejarlo de nuevo, busc?ndole otras gorrionas no menos lindas y vivaces que Pelusita, aunque no tan inteligentes y cari?osas. A todas las rechaz? sin ninguna clase de consideraciones, due?o y se?or absoluto de su rinc?n y de su viudez. Al cabo de tres a?os de esa vida solitaria y hura?a con sus semejantes y s?lo cari?oso con nosotros -sin rencor-, ya viejo, se escap?.
Pelusa reposa junto a sus hermanos, en el peque?o cementerio que tienen: Chango, una calandria de Jujuy; Plumerito, un canario de flequillo gris, el m?s fino de modales y el m?s suave de voz; Pirucha, una paloma chiquita como una perdiz de diez d?as; Dominguito, un rey del bosque; Cara-de-vino, un tejedor que se ahog? en el bebedero como si se hubiera suicidado; Belkiss, una urraca real, que vivi? con nosotros poco tiempo. Junto a ellos est? Pelusita; con ellos y con ese poquito de nosotros que tambi?n enterramos alli.
Publicado por miakayuki2006 @ 16:31  | general
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