Si uno mira con atención cuando va caminando por las calles de la ciudad se pueden ver miles de cosas que cotidianamente no apreciamos por andar tan apurados, pensando en todos nuestros problemas, deberes y obligaciones.
Es muy poca la gente que caminando ve realmente al “mejor amigo del hombre” tirado en la calle, con sus costillas a flor de piel, con sus enormes ojos llenos de tristeza. Pero a pesar de haber vivido tantas injusticias, sí alguien por solo un segundo cruza una mirada con ellos, estas pobres criaturas hacen un movimiento con su cola, como si te saludarán. Muchos son los que siguen a las viejitas cuando salen de los supermercados con sus bolsitas de los mandados, esperando que tal vez puedan recibir un pedazo de pan. También están aquellos perros que llevan consigo las cicatrices del abandono, la patita levantada, la cola mutilada, chicles en el pelo, tantas cosas.
Alguna vez, hace tiempo probablemente tuvieron dueño, alguien que los quería, los cuidaba. Pero ahora se encuentran solos, vagando de un lado a otro, tratando de sobrevivir, día tras día.
Nadie esta con ellos en las noches de frío invernal, o cuando se sienten enfermos nadie escucha su llamado, tampoco hay nadie cuando exhalan su último suspiro.
Nacen, van y vienen deambulando por la ciudad y luego parten, quizás hacia un lugar mejor, donde puedan ser felices, jugar, donde tal vez ya no sufran más.
Pobre perro callejero, hoy escribo estas palabras pensando en vos, que estas tirado en una calle céntrica, en una plaza de barrio y mi deseo es que las personas tomen conciencia de tu existencia, que no te ignoren, y que al final la sociedad se dé cuenta del valor de la vida, de tú vida, para que ya no te abandonen más y que el perro callejero sea solo un recuerdo de una sociedad individualista y sin valores.

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