Como finas hebras de plata que brillan al sol, las primeras canas han hecho su aparición en mi cabeza. Signo innegable del paso del tiempo. Ya han sido casi 27 años, pero se sienten como milenios, completamente vacíos. Solo hay poco recuerdos que valen la pena que atesore y el resto sería preferible que desaparecieran en un profundo y lejano hoyo negro. El tiempo sigue avanzando pero sin embargo, estoy ahí, quieta, atrapada en un eterno segundo que no termina de transcurrir y del que no puedo escapar.