
Regreso del Ángel
Escrito por Poldy Bird
Hace varios días que encuentro las cosas movidas.
Como si un leve viento hubiera paseado sus manos, suavemente, por cajones cerrados y papeles.
Pañuelos desdoblados, como si despidieran a las lágrimas; barquitos de envoltorio de chocolatines ... que iban y ahora vuelven; relojes que caminan con las manos y transitan por el aire sus pies alegremente. Música que no sale de la radio, ni de los discos ni de la casetera ... música que crece en las paredes y me envuelve.
Pulidos los colores resucitan. Qué verdes son los verdes, qué deslumbrante sol el amarillo, y ni un jacinto se atrevería a cuestionar los azules que pujan por ahí, tan engreídos.
Mis manos hacen cosas por su cuenta, sin que yo les ordene: descorren las cortinas, abren las ventanas, agitan campanitas de cerámica volviendo loco el cuarto silencioso. Y cepillan mi pelo hasta hacerlo brillar como una estrella, y recogen hojas crujientes caídas de los árboles de mayo.
Una gota de mar -aunque no creas- brota en la caracola, como un pétalo, y es más que un rumor el ruido de las olas que sale de su cuenco.
Han vuelto a perfumar las violetas dormidas adentro de las cartas.
Algo sucede.
Sucede adentro de mi casa y también en la ciudad: en los bares, en las calles, en las plazas.
Si salgo a caminar, el frío se espanta. Si me siento en un banco, aunque no lleve migas para darles, los gorriones se amontonan a mi lado, rozan con sus alitas mis hombros, mis zapatos, y tiemblan carcajadas en las ramas de los árboles mirándonos.
Como esa hamaca voy subiendo.
Como ese barrilete anaranjado de larga cola blanca voy remontando.
Algo sucede.
Creo que hasta hace un tiempo los cordones de las veredas me parecían gigantes, y han vuelto, de repente, a estar abajo.
Soy yo la que va y viene, no son las cosas las que me empujan a ir y venir.
No me pongo a temblar cuando estoy sola, ni enciendo el televisor para ver rostros humanos y sentirme acompañada.
No me meto en el medio de la marea de gente para poder sentirme acompañada.
No enciendo un cigarrillo detrás de otro para ocupar las manos, como si no supiera qué hacer con ellas.
Me duele lo que duele: no me invento dolores.
N o me miro en, el espejo poniendo cara triste para tenerme lástima.
Algo sucede.
Algo como una mano extendida, invisible, pero sé que es una mano y me aferro a ella y me saca del pozo.
No la veo, no, no sé a quien pertenece, tampoco es necesario que lo sepa. Una mano sin nombre ni apellido, de la que no podría jurar que es grande o pequeña, huesuda o suave ... lo único que percibo claramente es su calor, su vibración humana.
Esa mano es de ella, de él, es tuya ... ¿ No es acaso tu mano?
Mira tu mano, ¿ no ves mi mano aferrándose a ella?
¿Podrías decir que no? ¿Podrías afirmar que no, segura de no equivocarte?
Esa mano tira de mí, me arranca de la sombra, me permite salir del precipicio, me lleva hasta el camino: miro a ambos lados ... Todo está allí: están los huertos, los jardines, el cielo abierto, álamos ya desnudos a esta altura del año, un roble al que sus hojas le dan el fuego rojo, desvergonzado, del otoño que llega.
También hay cantos: grillos, ranas, aves, zumbidos de doradas abejas, el silbato del tren ...
y hay olores que caen en el cuerpo como pedradas de momentos pasados y recuerdos.
Todo eso estaba en su lugar. Solamente que yo no lo veía. Me lo estaba olvidando.
Me lo estaba salteando.
y era como si me faltaran los pedazos, como si se me hubieran quebrado las raíces, como si solamente el dolor hubiese tenido consistencia para corporizarse como única realidad.
Por eso te confieso: algo sucede.
Hace varios días que encuentro las cosas movidas.
Como si alguien a quien yo le intereso verdaderamente estuviera revisándolo todo, no por curiosidad, sino para enterarse de lo que ha sucedido en mucho tiempo, de cuánto habré cambiado, de cuánto habré sufrido, de qué poco he soñado, vivido, buscado, descubierto ...
Alguien que conoció a la niña aquella que fui, que sepulté, que hoy vuelvo a ser ... que aprieto entre mis brazos, pobrecita, olvidada, descuidada, abandonada niña huérfana y llorona ...
Alguien a quien no sé muy bién en qué momento eché de mí, le cerré la puerta, le puse tranca a las ventanas, burletes a las hendijas para que no volviera, para que ni siquiera se acercara.
Sé que ha vuelto, que está. No lo veo, no es necesario verlo para saber que está.
Lo reconozco porque las rosas reverencian su paso, y la luz hace chispas, y brillan las naranjas sobre la mesa oscura y puedo ver tranparentarse mi corazón a través de la carne, ¡ y hasta. mi corazón parece iluminado!
Ha vuelto. Me hace volar. Ya no me siento sola ni angustiada.
-Ahora que estás aquí, no me abandones nunca. No me hagas caso si te echo... No vuelvas a dejarme sola, Ángel de la Guarda.
y por un instante, diminuto, fugaz, imperceptible; me parece que veo, también, brillar sus alas.
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